Hay evidencias fácticas y públicas de que soy una de las personas que en algún momento de mi vida creí y afirmé que el fútbol era el opio de los pueblos. De hecho, una de las razones por las que elegí a mi esposo es porque no le gustaba el fútbol, sino los autos. “Nunca estaré obligada a ver un maldito partido”, pensé.

Mis ex alumnos pueden dar fe de que les exigí leer a Umberto Eco con la única intención de que limpiaran sus mentes de lo que un buen amigo llama “el deporte de panaderos” y rellenaran sus pensamientos con asuntos “más constructivos”.

A mis ex compañeros de redacción les apagué varias veces el televisor y los critiqué asiduamente. Una vez me seleccionaron para que escribiera una columna de opinión sobre fútbol y claro que lo hice, mostrando orgullosa mi desconocimiento y solicitando que abrieran un restaurante donde no pasaran partidos.

Gracias a esa columna me gané unos cuantos correos y llamadas telefónicas a la redacción, no precisamente para felicitarme. Por ser detractora del fútbol me llamaron “mal atendida”, amargada, feminista, aburrida y otras tantas cosas más.

Ahora que soy aficionada me han llamado reduccionista, insensible, “parte de las masas” y me han echado en cara que no me interesan las terribles desgracias, desigualdades y mezquindades del mundo.

Ni una cosa ni la otra. Nuestra permanente tendencia a polarizar nos hace pensar que hay que ser de un equipo o del otro, nos hace montar desacuerdos incluso en torno al esparcimiento.

Por un lado, están los que creen que para ser intelectual, pensador y “cambia mundo” hay que detestar el fútbol y hacer alarde de ello. Creen que es un orgullo que en las redes sociales todos sepan que en lugar de ver el partido, analizan guerras, proponen soluciones políticas y económicas o montan profundas teorías en torno a cómo el mundial llega a afectar a las masas. No gastarían dos horas de su vida en algo tan burdo.

Por el otro, están los que no respetan y ponen en los oídos de quienes quieren concentrarse en otro asunto, las fabulosas narraciones de los partidos. Esos que consideran que quienes no viven la pasión futbolera son un montón de personas que duermen solas todas las noches.

Yo, ni una cosa ni la otra, repito. No creo que un día llegue a ser fan de la liga española o que gaste el resto de fines de semana de mi vida viendo algún deporte, pero tampoco creo que sea pecado mortal pasármela bien, gritar gol y compartir con un buen grupo de amistades.

Confieso que el Mundial me ha seducido y disfruto esa seducción. No creo que mi compromiso serio con un mundo distinto, mi constante crisis existencial por no aceptar muchas cosas del orden establecido y mi trabajo persistente por aportar al país cambien porque el domingo me dedicaré a ver la final.

Por supuesto que digo no al fanatismo, al reduccionismo, al machismo. Y también digo no a la discriminación de cualquier tipo y a los aires de superioridad.

Hoy, me dedicaré a trabajar arduamente. En silencio, seguiré generando algún aporte.

Cada día de mi vida me dedicaré a intentar que este país sea mejor y como parte de ello, me alegraré cuando las personas tengan un pequeño momento de felicidad y puedan sentarse frente a un televisor y obviar por un momento las cuentas qué pagar, los problemas y cansancios de la semana. En el equilibrio está el gol.

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