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No puedo ni siquiera imaginar todas las dimensiones emocionales de aquella jovencita de 17 años, que tan solo había vivido tres en la capital, que conocía poco de los conceptos de futuro y demasiado de los desafíos del presente y de repente estaba allí, con otra vida a cuestas, con una boca recién nacida que buscaba su alimento y un llanto que reclamaba su cuerpo.

Quién sabe qué cruzaba por su mente, como aplacó sus miedos y disparó sus emociones positivas con ese maravilloso y exitoso esfuerzo con que todavía lo hace. Quién sabe cómo temblaba lo más profundo de su interior cuando me pusieron entre sus brazos, en el hospital nacional que no estaba remodelado, y cuando salió a la calle con una eterna responsabilidad por delante.

No soy capaz de tocar con mi mente ni con mi corazón compungido todos los sueños que nacieron en la fértil tierra de su amor, ni todos los que murieron por mi causa. Quizás nunca sabré todo lo que hice vivir y todo lo que maté dentro de ella, solo espero que la balanza sea en este caso positiva.

Amo a esa niña. Esa niña que fue mi madre y no dudó de serlo. Y si acaso dudó, hizo todo para que yo no lo notara. Esa niña, tan solo 5 años mayor de la que ahora es mi hija, que en su humildad e inocencia me acogió sin vencerse, sobrellevó la escasez material, la inexperiencia, los silencios, la impugnable soledad que solo ella conoce.

Decir gracias jamás será suficiente. La vida no es algo que uno pueda simplemente agradecer. La vida de ella puesta en la mía, la vida mía multiplicándose gracias a ella. Valgan estas líneas para decirle que reconozco su coraje y su tesón y que no hay un tan solo día en que deje de admirarla y de agradecer la suerte de haber estado en su vientre y de que usted se haya quedado conmigo.

La amo, mamá.

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