La capacidad de entristecerse por otros es lo que puede salvar a los seres humanos, en contraste con la cruenta capacidad de algunos de llevar al máximo la frialdad, de oprimir a otros sin temblores internos, de ser desleales o infieles sin asomo de lamentarlo, de ocultar en lo más profundo la verdad su lacerante yo, de vestir de sensiblería barata su inerte emoción.

La capacidad de ceder al dolor de otro y desplazar el propio placer, la posibilidad de apostarle a la luz en el rostro de quien se ama (en cualquier dimensión posible), esa es la que diferencia a las dos caras de la humanidad. Y es, lamentablemente, la que prevalece como una reliquia.

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