Llenó el lugar y el día con su presencia. El minuto efímero en que lo miré directamente a los ojos fue como una caída repentina al abismo del tiempo, un grito asfixiado de mi esencia que pretendía atraer al ser cotidiano hacia el núcleo del yo, ese punto asimétrico donde se refugia lo más recóndito y extraviado del alma.

En contraste con el alarido subconsciente, el encuentro fue bastante cotidiano. Estrecharse las manos en una presentación de esas que se antojan menos formales de lo que parecen. Estar al lado de su silla una enésima de cualquier hora, en un día cualquiera como todos los que le antecedieron en los últimos años y dejarle una mirada de esas que de ninguna manera se regalan a cualquiera.

Y esa significante insignificancia me devolvió la ilusión (palabra siempre aberrante para referirse a la capacidad de acercarse a la vida).  

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