El ruido del motor se cortó de tajo. La lancha se detuvo entre la Isla de Tasajera y un restaurante de la Costa del Sol, justo cuando la noche venía entrando a nuestros ojos y era difícil distinguir más figuras que el tapete impenetrable llamado mar.

En medio de todo y de la nada había un jetski que parecía flotar en el abandono, pero colgados de él estaban dos jóvenes a quienes fuimos a auxiliar, para decirlo de una forma burda.

“Llévense a esta loca”, gritó el chico. Y los siguientes tres minutos se convirtieron en una intensa escena de lucha de fuerzas, alcohol y vacaciones agostinas.

Él subió a la lancha. A ella, cuyo nombre no supe, ni la fuerza de cuatro hombres podía convencerla. Maromas y patadas, gritos, insultos. Él la tomó del pelo y la subió con mounstruosa impaciencia. Ella afianzó sus dientes en la oreja del chico de unos 24, ese que era su “novio” desde hace año y medio. Él se fue en el jetski y ella se quedó. Navegó con nosotros, pero fue a la deriva. Se aventó una carcajada cuando le ofrecí un café y gritó pidiendo más alcohol. Vomitó. Lloró, como se dice, a mares.

A sus 17, mostró un patrón tan “emocionante” de relación con los hombres, que me hace temer como madre, apiadarme como mujer y enfurecerme como salvadoreña. Patrones incorregibles de machismo femenino o de feminismo machista, cosas confusas que al final nos llevan a lo mismo… un tema trillado y cotidiano que desencadena escenas al borde de la muerte.

Mujeres que están dispuestas a soltarse de un barco y hundirse del mar, por una pelea sazonada con alcohol; mujeres que disfrutan de seducir a un hombre casado y ver a su esposa como una aburrida; mujeres que toleran las infidelidades por miedo a quedarse solas; mujeres que ya no quieren ser mujeres y se van al extremo de humillar a otras; mujeres que creen que MD tiene razón y mujeres que no quieren saber nada de eso.

Líneas inconclusas que dan vuelta sobre lo mismo.

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