Una masa de voces grita y habla al oído, se degrada en caracteres monótonos en una pantalla, se eleva y cae como ácido o como gloria para decirme qué es o que no es el amor, la manera conveniente y convencional de vivirlo o de encararlo.

Durante los últimos meses, han pedido la palabra aquellos a quienes no se las he dado… otros más afortunados me han querido con todas sus fuerzas y no han levantado la mano. Pocos, debo decirlo, solo aquellos que tienden a parecerse a nadie y creer en las complicidades.

Latido a latido del calendario he comprobado como desde el origen de nuestra respiración nos marcan con el protocolo de lo predecible, lo bien visto, las mil y una formas de preparar una boda –receta cuyos ingredientes mi amor y yo arrojamos hace rato por una ventana-, los tiempos perfectos para seducir o creer, los aspavientos que hay que colgarse del alma como pesada carga para olvidar lo esencial…

Me han repetido lo importante que es todo aquello que se hace porque “ya toca”, según los “opinalotodo” que nunca miran a los ojos, porque tienen tanta necesidad de olvidarse de lo esencial que inventan cualquier cosa para mirar en la vida de otros.

Y gracias a eso, al estridente ruido de las mayorías, he tocado el aliento supremo. He encontrado las manos de un sacerdote que hablan lentamente del corazón de un rito, la página subrayada entre los dedos del hombre que amo, los brazos de mi hija celebrando mi vestido, los precisos cortes de mi amiga delineando la tarjeta, el azul en mi mano izquierda, la manera discreta de festejar la vida, la llamada de mi madre avanzando en los planes, las melancolías de las que están lejos, los zapatos viajando en la maleta de un hermano, las felicitaciones no consultadas, las rencillas aplastadas, los desafíos abrazados.

Así que no debería pecar al escribir en un día que alaba un amor que solo es prototipo de algo mucho más deslumbrante. Pero de vez en cuando, las palabras deben salir volando.

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