Pobrecitos los “intelectuales”, esos de entre comillas, los que se auto asignaron el título como una forma de desmarcarse de la vida. Fuman filosofías y se arremangan la camisa solo para sentarse a divagar, contando el último peso que les dejó la parranda anterior… Cadejos del desenfreno gastan la vida en pocilgas y antros, retozan y beben, celebran las letras y desprecian los memorándums. Le huyen a los relojes, a los cuadros, a las fotos sobre el escritorio. Nadie sabe más que ellos. Nadie. Los financieros les parecen una bola de aburridos.

Resuelven el mundo con las narices blancas y se carcajean de lo brutos que somos los otros. “Pobrecitos”, dicen. Se ríen de los autos, los hijos y los esquemas. Y se van quedando cada vez más viejos, más inmortalmente mortales, más esclavos del ego, más irremediablemente solos.

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