Corría en la máquina como quien piensa que al final de la banda recuperará la vida. Aguda y despeinada, cual bisento, con la mirada punzante y descortés. Fingió no recordarme, por supuesto. Se detuvo poco después que el resto y bajó al área común, en donde un minúsculo ejército de guerreras se acicalaba. Entre casilleros, sauna, tocador y baños, distintas historias se miraban sin mirarse.

La mujer que acababa de dejar a sus hijos criticó zagasmente, en un minúsculo segundo sin palabras, la grasa que pendía del pliegue del sostén de la que estaba a punto de ponerse su camisa. La que se ponía la camisa estaba desesperada por llegar a tiempo a la oficina donde seguramente el café y el pan dulce le provocarían subir las 197 calorías que, según la máquina, bajó hoy. Detrás del espejo – más que frente al…- una delgaducha se miraba las costillas pujando por que comió mucho el fin de semana y le comentaba a la amiga que iba a hacer una rutina de cuatro horas antes de irse al salón. Una pequeña de 170 libras salía del sauna y fingía no avergonzarse por la conversación ajena.

Y ella, la cuerpo de bisento, gritaba a todo pulmón. Lloraba, se compungía, se retorcía de impotencia maldiciendo a la figura al otro lado del teléfono.

-Porqué no ves a tu hijo, maldito, tengo que mentirle cada finde- gruñía y se deshojaba, olvidando al público (caracterizado por gozar de su drama silenciosamente, como buenas mujeres).

Entonces recordé al niño. Sí, en la piñata de la hija de una amiga en común… esa en la que “la lanza” me conoció para olvidarlo luego. Ese día era cordial, parecía quizás un simpático espárrago.

-No sé qué decirle al niño, cómo le digo que su papá es una mierda!!!- continuaba y se movía de un lado a otro. Mientras, todas las “involuntarias” espectadoras disimulaban tardándose más de lo debido.

El niño de 10 años. Ese que en la mencionada piñata no se quería comer su hotdog con papas fritas. Como olvidarlo, si sus palabras se me han quedado colgadas en la colección de frases memorables.

-Comé, hijo, se ve delicioso- le decía “la lanza”, con un top ajustado.

– No quiero- renegaba el niño.

Una señora poco discreta, de esas que abundan en los eventos sociales, le preguntó a la lanza si ella no comería para que el niño se animara.

-Es que mi mamá solo como gelatina- dijo el pequeño.

Sentada en el suelo de los vestidores, con su piel quedrándose en un verde ténue, siguió sollozando quien sabe cuánto.

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