La calidez de Sonsonate competía con la tormenta Frank y la hamaca parecía una pequeña hoja en ese amplio corredor característico de las casas de antaño. Esperar la sopa de gallina era la única tarea pendiente, así que la plática era una excelente manera de ver pasar los minutos.

“Búsquese un fusil de municiones y le deja ir un par. Le aseguro que no se vuelve a acercar a su casa”, me recomendaba uno de los amigos. Hablábamos de un perro de esos que nadie quiere en los vecindarios y que se abalanzan a morder niños con irresponsabilidad… irresponsabilidad de chucho… (Claro, bien dicen que el perro es el reflejo del dueño).

“Yo así hice”, continuaba,  “es que los perros de esa raza son terribles”. Yo solo pensaba en que ni siquiera he tenido valor de hablar con los vecinos, ni de involucrarme en las masacres que ha propinado el negro animal a otros canes bastante más pequeños… En esta sociedad, no podés darte el lujo ni de reclamar cuando te tiran pelotazos en tu pared, cuando llegan a adornarte el jardín con excremento o cuando un travieso niño te raya el carro.

El doloroso ejemplo del compañero ex externadista que falleció a manos de un vecino por un pleito de parqueo se une ahora en mi mente con esta corta conversación de ayer. El hilo me lleva al hermano de un amigo que murió por la misma causa hace unos años y a las lágrimas que entonces derramé, impotente. Y entre esos puntos, las palabras para definir violencia se me quedan, como a todos, muy cortas.

Pensé en el hijueputa perro. Ese que, como algunos, es de los pocos beneficiados con un clima en el que se vale meter los dientes, se vale enfurecerse y devanar a otros…

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