Es como estar ciega, sin duda. Es desarrollar un sentido único para conocer la textura de cada tipo de carne que hay en el congelador, elegir la adecuada –la que se le ha pedido–y prepararla.

 Es ver el periódico cada día, contemplar como una obra de arte las fotografías, ser la única que contó el número exacto que conforma la multitud que aparece en ella, la que notó el zapato rojo de la señora del fondo y la mano en la cintura del curioso de al lado.

Es hablar con un niño de seis años como si hablara con un académico. Sentarse a ver cómo hace sus tareas atisbando las líneas de las letras, sus curvas y desdenes, y envidiarle a veces la niñez…

Es dar el DUI cuando llegan los sobres con los cobros y firmar sin saber qué está firmando.  Tomar la medicina “tanteando” la dosis, porque ya no recuerda lo que le dijo el doctor. Es ver los panfletos del autobús, el día de salida, como si se perdiera la mirada en el horizonte.

Es como estar ciega, sin duda, y presentir que en el mundo existe algún Saramago… solo una cosa más, de esas que nunca ha leído.

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