¿Quién soy yo para (no) creerle a Pedrito?

“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”, Albert Camus.

Creo que muy pocas personas ignoran la historia de “Pedrito, el mentiroso”, con sus respectivas variaciones de nombre. Tanto dijo que venía el lobo que, cuando llegó, ya nadie le creyó. También creo que habrá pocas personas que no conozcan a un Pedrito o unas Pedrita. Sus constantes situaciones creadas, excusas, malabares retóricos, les causan a algunos risa o rabia. A mí me hacen sentir como Sísifo.

Cuando creo que la piedra ya llegó a lo más alto, regresa con tal fuerza que parece que será difícil volver a levantarla. Soy presa de una efímera libertad. Me siento una mujer absurda, absolutamente absurda.

Y allí me tienen, empujando eternamente el peñasco, soñando con un mundo transparente en el que cada quien diga lo que piensa, lo que hace, lo que sueña, lo que no quiere hacer.

De detractora a aficionada

Hay evidencias fácticas y públicas de que soy una de las personas que en algún momento de mi vida creí y afirmé que el fútbol era el opio de los pueblos. De hecho, una de las razones por las que elegí a mi esposo es porque no le gustaba el fútbol, sino los autos. “Nunca estaré obligada a ver un maldito partido”, pensé.

Mis ex alumnos pueden dar fe de que les exigí leer a Umberto Eco con la única intención de que limpiaran sus mentes de lo que un buen amigo llama “el deporte de panaderos” y rellenaran sus pensamientos con asuntos “más constructivos”.

A mis ex compañeros de redacción les apagué varias veces el televisor y los critiqué asiduamente. Una vez me seleccionaron para que escribiera una columna de opinión sobre fútbol y claro que lo hice, mostrando orgullosa mi desconocimiento y solicitando que abrieran un restaurante donde no pasaran partidos.

Gracias a esa columna me gané unos cuantos correos y llamadas telefónicas a la redacción, no precisamente para felicitarme. Por ser detractora del fútbol me llamaron “mal atendida”, amargada, feminista, aburrida y otras tantas cosas más.

Ahora que soy aficionada me han llamado reduccionista, insensible, “parte de las masas” y me han echado en cara que no me interesan las terribles desgracias, desigualdades y mezquindades del mundo.

Ni una cosa ni la otra. Nuestra permanente tendencia a polarizar nos hace pensar que hay que ser de un equipo o del otro, nos hace montar desacuerdos incluso en torno al esparcimiento.

Por un lado, están los que creen que para ser intelectual, pensador y “cambia mundo” hay que detestar el fútbol y hacer alarde de ello. Creen que es un orgullo que en las redes sociales todos sepan que en lugar de ver el partido, analizan guerras, proponen soluciones políticas y económicas o montan profundas teorías en torno a cómo el mundial llega a afectar a las masas. No gastarían dos horas de su vida en algo tan burdo.

Por el otro, están los que no respetan y ponen en los oídos de quienes quieren concentrarse en otro asunto, las fabulosas narraciones de los partidos. Esos que consideran que quienes no viven la pasión futbolera son un montón de personas que duermen solas todas las noches.

Yo, ni una cosa ni la otra, repito. No creo que un día llegue a ser fan de la liga española o que gaste el resto de fines de semana de mi vida viendo algún deporte, pero tampoco creo que sea pecado mortal pasármela bien, gritar gol y compartir con un buen grupo de amistades.

Confieso que el Mundial me ha seducido y disfruto esa seducción. No creo que mi compromiso serio con un mundo distinto, mi constante crisis existencial por no aceptar muchas cosas del orden establecido y mi trabajo persistente por aportar al país cambien porque el domingo me dedicaré a ver la final.

Por supuesto que digo no al fanatismo, al reduccionismo, al machismo. Y también digo no a la discriminación de cualquier tipo y a los aires de superioridad.

Hoy, me dedicaré a trabajar arduamente. En silencio, seguiré generando algún aporte.

Cada día de mi vida me dedicaré a intentar que este país sea mejor y como parte de ello, me alegraré cuando las personas tengan un pequeño momento de felicidad y puedan sentarse frente a un televisor y obviar por un momento las cuentas qué pagar, los problemas y cansancios de la semana. En el equilibrio está el gol.

Mamá

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No puedo ni siquiera imaginar todas las dimensiones emocionales de aquella jovencita de 17 años, que tan solo había vivido tres en la capital, que conocía poco de los conceptos de futuro y demasiado de los desafíos del presente y de repente estaba allí, con otra vida a cuestas, con una boca recién nacida que buscaba su alimento y un llanto que reclamaba su cuerpo.

Quién sabe qué cruzaba por su mente, como aplacó sus miedos y disparó sus emociones positivas con ese maravilloso y exitoso esfuerzo con que todavía lo hace. Quién sabe cómo temblaba lo más profundo de su interior cuando me pusieron entre sus brazos, en el hospital nacional que no estaba remodelado, y cuando salió a la calle con una eterna responsabilidad por delante.

No soy capaz de tocar con mi mente ni con mi corazón compungido todos los sueños que nacieron en la fértil tierra de su amor, ni todos los que murieron por mi causa. Quizás nunca sabré todo lo que hice vivir y todo lo que maté dentro de ella, solo espero que la balanza sea en este caso positiva.

Amo a esa niña. Esa niña que fue mi madre y no dudó de serlo. Y si acaso dudó, hizo todo para que yo no lo notara. Esa niña, tan solo 5 años mayor de la que ahora es mi hija, que en su humildad e inocencia me acogió sin vencerse, sobrellevó la escasez material, la inexperiencia, los silencios, la impugnable soledad que solo ella conoce.

Decir gracias jamás será suficiente. La vida no es algo que uno pueda simplemente agradecer. La vida de ella puesta en la mía, la vida mía multiplicándose gracias a ella. Valgan estas líneas para decirle que reconozco su coraje y su tesón y que no hay un tan solo día en que deje de admirarla y de agradecer la suerte de haber estado en su vientre y de que usted se haya quedado conmigo.

La amo, mamá.

La capacidad de entristecerse por otros es lo que puede salvar a los seres humanos, en contraste con la cruenta capacidad de algunos de llevar al máximo la frialdad, de oprimir a otros sin temblores internos, de ser desleales o infieles sin asomo de lamentarlo, de ocultar en lo más profundo la verdad su lacerante yo, de vestir de sensiblería barata su inerte emoción.

La capacidad de ceder al dolor de otro y desplazar el propio placer, la posibilidad de apostarle a la luz en el rostro de quien se ama (en cualquier dimensión posible), esa es la que diferencia a las dos caras de la humanidad. Y es, lamentablemente, la que prevalece como una reliquia.

Efímero

Llenó el lugar y el día con su presencia. El minuto efímero en que lo miré directamente a los ojos fue como una caída repentina al abismo del tiempo, un grito asfixiado de mi esencia que pretendía atraer al ser cotidiano hacia el núcleo del yo, ese punto asimétrico donde se refugia lo más recóndito y extraviado del alma.

En contraste con el alarido subconsciente, el encuentro fue bastante cotidiano. Estrecharse las manos en una presentación de esas que se antojan menos formales de lo que parecen. Estar al lado de su silla una enésima de cualquier hora, en un día cualquiera como todos los que le antecedieron en los últimos años y dejarle una mirada de esas que de ninguna manera se regalan a cualquiera.

Y esa significante insignificancia me devolvió la ilusión (palabra siempre aberrante para referirse a la capacidad de acercarse a la vida).  

Minientrada

La complejidad de la búsqueda del propio ser es escandalizante. Me atrevo a decir que muy pocas personas tienen la osadía de detenerse y autocuestionar su cotidianeidad, la construcción de pseudovida que han estructurado, la estabilidad espeluznante que solo da el ser quien no se es.

Si el número de quiénes se atreven a amasarlo en su mente es de por sí reducido, no hay manera de acertar sobre cuántos y quiénes avanzarán un paso hacia la oscuridad. Pero esa mitológica manía de creer que después de eso estoy yo, no me deja en paz.

Líneas inconclusas

El ruido del motor se cortó de tajo. La lancha se detuvo entre la Isla de Tasajera y un restaurante de la Costa del Sol, justo cuando la noche venía entrando a nuestros ojos y era difícil distinguir más figuras que el tapete impenetrable llamado mar.

En medio de todo y de la nada había un jetski que parecía flotar en el abandono, pero colgados de él estaban dos jóvenes a quienes fuimos a auxiliar, para decirlo de una forma burda.

“Llévense a esta loca”, gritó el chico. Y los siguientes tres minutos se convirtieron en una intensa escena de lucha de fuerzas, alcohol y vacaciones agostinas.

Él subió a la lancha. A ella, cuyo nombre no supe, ni la fuerza de cuatro hombres podía convencerla. Maromas y patadas, gritos, insultos. Él la tomó del pelo y la subió con mounstruosa impaciencia. Ella afianzó sus dientes en la oreja del chico de unos 24, ese que era su “novio” desde hace año y medio. Él se fue en el jetski y ella se quedó. Navegó con nosotros, pero fue a la deriva. Se aventó una carcajada cuando le ofrecí un café y gritó pidiendo más alcohol. Vomitó. Lloró, como se dice, a mares.

A sus 17, mostró un patrón tan “emocionante” de relación con los hombres, que me hace temer como madre, apiadarme como mujer y enfurecerme como salvadoreña. Patrones incorregibles de machismo femenino o de feminismo machista, cosas confusas que al final nos llevan a lo mismo… un tema trillado y cotidiano que desencadena escenas al borde de la muerte.

Mujeres que están dispuestas a soltarse de un barco y hundirse del mar, por una pelea sazonada con alcohol; mujeres que disfrutan de seducir a un hombre casado y ver a su esposa como una aburrida; mujeres que toleran las infidelidades por miedo a quedarse solas; mujeres que ya no quieren ser mujeres y se van al extremo de humillar a otras; mujeres que creen que MD tiene razón y mujeres que no quieren saber nada de eso.

Líneas inconclusas que dan vuelta sobre lo mismo.

14.02.2012

Una masa de voces grita y habla al oído, se degrada en caracteres monótonos en una pantalla, se eleva y cae como ácido o como gloria para decirme qué es o que no es el amor, la manera conveniente y convencional de vivirlo o de encararlo.

Durante los últimos meses, han pedido la palabra aquellos a quienes no se las he dado… otros más afortunados me han querido con todas sus fuerzas y no han levantado la mano. Pocos, debo decirlo, solo aquellos que tienden a parecerse a nadie y creer en las complicidades.

Latido a latido del calendario he comprobado como desde el origen de nuestra respiración nos marcan con el protocolo de lo predecible, lo bien visto, las mil y una formas de preparar una boda –receta cuyos ingredientes mi amor y yo arrojamos hace rato por una ventana-, los tiempos perfectos para seducir o creer, los aspavientos que hay que colgarse del alma como pesada carga para olvidar lo esencial…

Me han repetido lo importante que es todo aquello que se hace porque “ya toca”, según los “opinalotodo” que nunca miran a los ojos, porque tienen tanta necesidad de olvidarse de lo esencial que inventan cualquier cosa para mirar en la vida de otros.

Y gracias a eso, al estridente ruido de las mayorías, he tocado el aliento supremo. He encontrado las manos de un sacerdote que hablan lentamente del corazón de un rito, la página subrayada entre los dedos del hombre que amo, los brazos de mi hija celebrando mi vestido, los precisos cortes de mi amiga delineando la tarjeta, el azul en mi mano izquierda, la manera discreta de festejar la vida, la llamada de mi madre avanzando en los planes, las melancolías de las que están lejos, los zapatos viajando en la maleta de un hermano, las felicitaciones no consultadas, las rencillas aplastadas, los desafíos abrazados.

Así que no debería pecar al escribir en un día que alaba un amor que solo es prototipo de algo mucho más deslumbrante. Pero de vez en cuando, las palabras deben salir volando.

Pobrecitos los “intelectuales”

Pobrecitos los “intelectuales”, esos de entre comillas, los que se auto asignaron el título como una forma de desmarcarse de la vida. Fuman filosofías y se arremangan la camisa solo para sentarse a divagar, contando el último peso que les dejó la parranda anterior… Cadejos del desenfreno gastan la vida en pocilgas y antros, retozan y beben, celebran las letras y desprecian los memorándums. Le huyen a los relojes, a los cuadros, a las fotos sobre el escritorio. Nadie sabe más que ellos. Nadie. Los financieros les parecen una bola de aburridos.

Resuelven el mundo con las narices blancas y se carcajean de lo brutos que somos los otros. “Pobrecitos”, dicen. Se ríen de los autos, los hijos y los esquemas. Y se van quedando cada vez más viejos, más inmortalmente mortales, más esclavos del ego, más irremediablemente solos.

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